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¿El rey “no loco” de Baviera?

Un reciente artículo publicado en la revista History of Psychiatry por Häfner y Sommer, dedica su atención a la implicación de la Psiquiatría en la deposición de Luis II de Baviera, llamado en ocasiones “el rey loco” y cuya figura ha suscitado un gran interés en la literatura y en la cinematografía. En junio de 1886, Luis, cuyo hermano menor Otto ya se encontraba confinado por una enfermedad mental (neurosífilis, en opinión de muchos historiadores), fue declarado formalmente enfermo por una comisión desplazada al castillo de Neuschwanstein, uno de los edificios más impresionantes de todo Alemania, que el monarca había ordenado construir junto con otros palacios, en un dispendio monumental que comprometió seriamente a la economía real e, indirectamente, a la de Baviera.

Artículo de Hafner y Sommer
El espectacular e inacabado castillo de Neuschwanstein, que inspiró a Walt Disney para “La Bella Durmiente”

Uno de los miembros de esa comisión era el dr. Von Gudden, un psiquiatra bávaro que redactó un informe, al que se adhirieron posteriormente otros especialistas, en el que afirmaba que el rey sufría de paranoia y locura, y que la enfermedad se había desarrollado de manera gradual y continuada a lo largo de los años. Según el informe, el rey debía ser declarado incurable, ya que era previsible un progresivo deterioro de sus facultades. La enfermedad le impedía la libre voluntad y obligaba a considerarle incapacidad para ejercer sus tareas de gobierno  para el resto de sus días. Lo más destacable del peritaje es que ni Von Gudden ni sus colegas o secuaces llegaron a examinar al rey.

Todo ello da lugar a considerar los oscuros intereses que podrían haber conducido a que Luis, que se opuso activamente a su deposición, terminara siendo apartado del trono por el procedimiento de ser declarado enfermo mental. Häfner y Sommer proponen diversas explicaciones. En primer lugar, sus crecientes deudas, que estaban afectando seriamente a las finanzas de toda la familia real. Luis fue como mínimo un administrador deficiente, que no dudó en equipar suntuosamente sus inacabados castillos o en ejercer como mecenas derrochón de artistas que, como Wagner, recreaban la mitología romántica alemana. En segundo lugar, el rey vivió gran parte de su reinado apartado de la corte, sin participar activamente en las tareas de gobierno, lo que daba una imagen de ineficiencia y abandono de sus deberes que en nada le favorecía. En tercer lugar, dado que era soltero (renunció a su compromiso matrimonial muy pocos días antes de la fecha programada para la ceremonia) y a la luz de su firme decisión de no casarse, era claro que a su muerte debería asumir el trono algún familiar. Formalmente su sucesor terminó siendo su primo Luis III, hijo de su tío Leopoldo, quien asumió la regencia desde que el rey fuera declarado enfermo mental. Por último, y relacionado con el punto anterior, Luis II era homosexual, y su inclinación sexual no solo era ampliamente conocida, sino que también se sabía que motivaba frecuentes asaltos a sus soldados, para escándalo y oprobio de las personas conocedoras de esta abusiva debilidad real.

Máscara mortuoria del rey Luis

Luis II era ciertamente una persona como mínimo “especial” cuyos comportamientos han sido analizados desde el prisma nosológico por múltiples estudiosos. Entre la infinidad de diagnósticos retrospectivos sugeridos, Häfner y Sommer señalan los de paranoia, neurosífilis, esquizofrenia, personalidad narcisista, trastorno esquizotípico de la personalidad o atrofia frontotemporal. Incluso se ha llegado a proponer como diagnóstico –evidentemente a la medida del personaje- el de una denominada “locura imperial” que es de suponer no ha sido identificada por la American Psychiatris Association y recogida en su DSM-5 porque la casuística estadounidense será escasa, dado que el país de donde dimana el saber psiquiátrico del siglo XXI es una república. Variado abanico de diagnósticos en los que se echa en falta el siempre socorrido trastorno bipolar y, por supuesto, el Trastorno de Asperger, el cuadro más recientemente elevado a la categoría de explicación de toda anomalía psicológica o conductual, si bien hay que recordar que el DSM-5 ha condensado todos los antiguos trastornos generalizados del desarrollo en un “Trastorno del Espectro Autista” demasiado funcional y mucho menos glamouroso a la hora de diagnosticar a famosos.

Grabado que reproduce la recuperación de los cadáveres de Luis II y Von Gudden

Una vez repasado ese crisol nosológico, nuestros autores rebaten que Luis II fuera un enfermo mental grave. Apoyándose en la ingente documentación a que han tenido acceso, sostienen que era una persona inteligente, capacitada, buena conocedora de la realidad de su reino y de su gobierno e implicada en la distancia con sus tareas, ya que produjo una gran cantidad de cartas, instrucciones y directivas durante su reinado. Häfner y Sommer basan su rechazo a una enfermedad mental incluso en la autopsia del monarca, que descarta una demencia frontotemporal (otro de los diagnósticos propuestos para el monarca), aunque el estudio postmortem muestra secuelas de una meningitis que padeció a los siete meses de edad y que le fue transmitida por su ama de cría. En definitiva, los autores descartan con firmeza que existiera una psicosis o lo que clásicamente se llamaba un trastorno orgánico cerebral, aunque reconocen rasgos peculiares de personalidad al rey, a quien diagnostican asimismo de una fobia social que podría explicar su alejamiento de la corte o su reclusión en sus castillos, donde daba rienda suelta a sus fantasías mitológicas.

Como es conocido, Luis II y Von Gudden fueron hallados ahogados a los pocos días de que el rey fuera declarado enfermo. Ambos se encontraban en un castillo en el que el psiquiatra formaba parte del grupo de personas que supervisaba al monarca, y una tarde salieron solos a pasear. A la vista de que llegada la noche no regresaban los guardias salieron a buscarlos. Aparecieron ambos ahogados en un lago cercano, de escasa profundidad. El rey era un excelente nadador y medía más de 1,90, por lo que su muerte adquirió de inmediato la categoría de sospechosa, y todavía hoy en día se sostiene que fue asesinado. Para Häfner y Sommer, la descripción pormenorizada, casi de CSI, que realizó una comisión de investigación del lugar de los hechos, permite suponer que el rey se introdujo en el agua con ánimo autolítico y su psiquiatra quiso evitarlo, pero su real paciente luchó con él y lo ahogó, para seguir después su decidido camino hacia la muerte.

Tumba de Luis II en la iglesia de Michaelskirche, en Munich

La conclusión del estudio que comentamos es que la Psiquiatría, que en esos años postreros del siglo XIX era todavía una disciplina naciente, ya se había convertido en un instrumento para cometer tropelías e injusticias. El destronamiento del llamado Rey Loco se basó en un informe pericial cuando menos irregular, por lo que hay que concluir que los que también fueron en sus primeros años de existencia la Psiquiatría Legal era vulnerable a la manipulación o cuando menos a la falta de rigor. El compromiso de los profesionales dedicados al campo debe ser que nunca jamás los abusos, el conocimiento insuficiente o la metodología inadecuada conviertan a la Psiquiatría Legal en un campo sospechoso de manipulación o de falta de seriedad.

Fuente:

Häfner H, Sommer F. The Bavarian royal drama of 1886 and the misuse of psychiatry: new results. History of Psychiatry 2013; 24: 274-91 [Abstract]

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