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La experiencia de meditar, por Pablo d´Ors

Meditación es para Pablo nostalgia, pánico y revelación.

Nostalgia porque el silencio nos hace bien, pues estamos bombardeados por sonidos, imágenes, que no nos construyen, nos destruyen. El silencio nos recrea en el ser personas. Nostalgia –por tanto- de querer ser a lo que estamos llamados. Anhelo de realización, de experiencia de vida. Meditar es mirar este anhelo. Darle contornos a las cosas.  Nos hace bien las cosas concretas, no las ideas abstractas. La vida interior es habitar este anhelo.

El silencio es también pánico. La meditación nos conduce a la inquietud de hacer algo, no soportamos la quietud, no nos soportamos a nosotros mismos en silencio, necesitamos llenarnos de palabras. Somos maestros de la fuga, humos de nosotros mismos. Y ello porque en la meditación emergen las sombras, porque somos codicia en el tener, ambición en el poder y vanidad en el ser. Pero los problemas de fondo no se solucionan por la vía de la acción, sino por la vía del silencio y del padecimiento. A las sombras que surgen con la meditación no hay que lucharlas sino atravesarlas. Y esa es la experiencia de la meditación: la sombra (nuestros fantasmas siempre dispuestos a acuciarnos), permanece, pero lo que es miedo y adversidad se convierte en oportunidad.  Superar un problema es redimirlo. Redimir es sufrir por (o con) amor. La sombra deja de ser venenosa y deviene experiencia de vida, bagaje personal.

Pero dentro de nosotros hay también un Edén. El anhelo es esta nostalgia de luz. Queremos dar forma a una identidad, queremos que el anhelo nos conforme. Descubrir quienes somos no es una conquista, sino una revelación que da dos tipos de frutos: paz interior y alegría. Experiencia de unidad, tú no eres sin el otro, tú eres mas grande de lo que habías pensado, (véase una lúcida glosa de la mística crsitiana en “Gracia D. Construyendo valores. Triacastela Madrid 2013, capítulo “los valores espirituales”).

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